Nolan se luce como director, pero no como guionista.

15 minutos, y ni un solo diálogo más allá de “soy inglés”. Quince, pero la tensión se podía palpar con las yemas de los dedos. Es un arte mantener la atención de tantos espectadores mostrando, y no contando, en acción, de qué va la historia. Enseguida lo entendemos: 400.000 soldados están atrapados en las playas de Dunkerque, en la costa francesa. No quieren perder la esperanza, pero todo indica a que podrían morir en cualquier momento. Bombardeados por cazas, atacados por submarinos, disparados por el enemigo desde la frontera. Existen mil posibilidades. Tensión, ¿verdad? Una historia que armoniza el guion con la banda sonora y la fotografía. Se trata de un trío perfecto, imprescindible a su vez, que muestra una belleza cinematográfica difícil de igualar.

Dunkerque no se caracteriza por ser una historia original, si no por el ritmo con el que se cuenta. Si uno intenta trasladarse a la guerra mentalmente, aunque nunca haya vivido una, sabe que tendrá miedo, tensión, que dejará de ser el que era -probablemente- y que ante situaciones tan extremas saldrá lo mejor y peor de sí mismo. Todas estas sensaciones se nos transmiten con puros planos panorámicos en los que a veces solo se mueve la arena. Una luz grisácea que no permite ver el “hogar” y una paleta más bien oscura predomina durante toda la película hasta los últimos 10 minutos. Los trajes, la pintura de los aviones, los barcos, el agua del mar, todo sigue la misma línea .

Algo que me llamó mucho la atención fue cómo en toda la película no hay un solo minuto de silencio. Me explico: en muchos tramos los personajes no hablan, pero siempre se escucha alguna ola o unas simples manillas de reloj. Se trata de un sonido que nos recuerda que estemos atentos a cualquier ataque.  Hans Zimmer se luce presentando una BSO que nos recordará especialmente a la BSO de Batman, el caballero oscuro.

Aunque Dunkerque narre una historia bélica, no es especialmente sangrienta, como podría haberla hecho Mel Gibson. Digamos que Christopher Nolan sabe cómo captar la atención del espectador, mantenerla, y transmitir lo más parecido que se podría llegar a sentir cuando varios civiles ingleses deciden ir hasta la costa francesa en busca de sus hombres: un auténtico suicidio.

Los personajes están bien trabajados, aunque quizás se echa de menos una profundidad en el que interpreta Kenneth Branagh, un capitán que no llegamos a saber si es duro, tiene miedo o sabe guardar la compostura. Sin embargo, el marinero civil –Mark Rylance–  que decide irse con su hijo y un vecino a rescatar a los soldados que encuentren por el mar. El por qué lo entendemos más adelante. Lo mismo sucede con el piloto interpretado por Cillian Murphy o con  el propio vecino, George.

Dunkerque es una película que merece la pena ser vista, es visualmente bella, cuidada hasta el más mínimo detalle, con una fotografía y banda sonora que arropan ese estilo inconfundible de Nolan. Ahora bien, no hay que ir esperando una historia original como puede ser Origen o Interstellar, porque aquí Nolan se luce como director, y no como guionista.

María BC.

 

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