Biopic de santo con bajo presupuesto.

Era el pre estreno, y precisamente antes de la proyección de la película los actores salieron a explicar que Ignacio de Loyola se había rodado en 17 días y con no más de 1 Millón de euros. Todo un reto, está claro. Pero es cierto que, cuando falla el guion, lo demás se cae por su propio peso. Es como si el suelo de una casa estuviera hecho de arenas movedizas: el tejado, las paredes, todo puede ser precioso, pero la casa se derrumbará. Y es una pena, porque la historia de Ignacio de Loyola es interesante, pero en esta película su director y guionista -Paolo Dy- la cuenta con una estructura dramática poco interesante,  con falta de profundidad en los personajes. El pacto de lectura con ese mundo de ficción no se llega a dar.

Sin ir más allá, el equipo de producción quiso ser muy ambicioso pero de tanto, se quedaron cortos en el resultado. Si uno no tiene suficiente presupuesto para grabar una batalla, es mejor que no la incluya en la película a que se note un croma forzado con piedra pixelada en la post-producción. Hablando esto con un amigo que también fue al pre estreno me comentaba: “debes valorar el bajo presupuesto y el poco tiempo con que grabaron la película”. Tiene razón, es cierto que lo hemos de tener en cuenta, pero seguía diciendo: “las películas sobre santos suelen tener el mismo fallo” (refiriéndose a un presupuesto bajo, y por tanto, calidad menor).

No estoy de acuerdo. Son demasiados los ejemplos de películas biopics de santos que por A o por B han conseguido cautivar al público (La Pasión, La Vida de Brian,  De Dioses y Hombres). Unas con más presupuesto, otras con menos, pero su denominador común: una buena historia.

Recuerdo que en tiempos universitarios tuvimos una profesora de BSO que nos hablaba de la importancia de crear con veracidad los efectos sonoros de la película, pues un simple fallo puede sacar completamente al espectador del mundo que has creado. O al revés: un pequeño acierto imperceptible a la conciencia humana puede crear un vínculo maravilloso con la historia. En Ignacio de Loyola sorprende lo poco cuidado que está el tema de los efectos sonoros. Por ejemplo, en un momento de la película un caballero cabalga por delante de su ejército que espera impaciente para atacar un castillo. El caballero gesticula con los labios unas palabras que no oímos. Ni siquiera se percibe un miserable susurro en la lejanía.  Pero resulta que sí oímos a los soldados que están a un metro de él. ¿Entonces? ¿Está realmente gritando o por qué no se oye?

Durante toda la historia Ignacio va sufriendo una transformación personal que le lleva a enfrentarse a sus mayores miedos y temores. Pero es muy pesado que sean siempre las mismas imágenes que se repiten en su cabeza, con un montaje muy parecido la entradilla de El Internado, para recordar al espectador que debe preocuparse por el protagonista de la historia, que lo está pasando verdaderamente mal.

También llama la atención la fotografía: uno no entiende cuándo es de día y cuando de noche, pues lo que en un principio está iluminado por una vela al cambiar de plano muestra otra iluminación, dada por una lámpara de luz blanca. Incluso se perciben planos desenfocados. Un desastre.

Dentro de lo que cabe, y por alagar algo bueno de la película, defenderé que la interpretación del protagonista (Andreas Muñoz) salva muchos momentos que caerían por su propio peso. Confío en que algún día le brinden la oportunidad de interpretar un guion mejor que este para poder lucirse más.

MARÍA BC

 

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