Acabarás con un Silencio doloroso.

L-R: Andrew Garfield plays Father Rodrigues and Yosuke Kubozuka plays Kichijiro in the film SILENCE by Paramount Pictures, SharpSword Films, and AI Films

L-R: Andrew Garfield plays Father Rodrigues and Yosuke Kubozuka plays Kichijiro in the film SILENCE by Paramount Pictures, SharpSword Films, and AI Films

En Silencio nos sentamos a ver la nueva de Marin Scorsese y en Silencio acabó toda la sala, bajo un suspiro de agonía que nadie podía explicar. El último sonido que apenas se percibió y dio paso a los títulos de crédito precedidos por aquella frase: “Dedicada a los sacerdotes jesuitas de Japón y a los mártires cristianos”.

Silencio narra la historia inspirada en un libro ficticio, Silencio (escrito por Shusaku Endō), en la que dos sacerdotes jesuitas van a Japón en busca del padre Ferreira, que desapareció y ahora algunos dicen que apostató su fe: dicen que vive casado con una japonesa y que tiene hijos. Pero esos dos padres jesuitas discípulos de Ferreira se niegan a creerlo, ¡imposible!, y deciden ir en su busca: arriesgan su vida y la de muchos aldeanos japoneses con tal de encontrar a Ferreira.

Andrew Garfield y Adam Driver son los actores que dan vida a estos dos jesuitas. Aterrizan en una aldea y palpan de primera mano la verdadera fe cristiana, del mismo modo que descubren lo débil que es su propia fe.  Esos aldeanos están dispuestos a vivir bajo una presión inhumana en la que lo único importante para ellos es Dios.

Silencio tiene un ritmo lento, pausado, con apariciones esporádicas de la música que aceleran el pulso del espectador avanzando que algo malo se avecina. Pero poco más. No es narrativa, no es abrumadora… es una película, como bien dice el nombre, silenciosa.

Me fascinó el paralelismo de lo que vive el padre Rodriguez con la auténtica pasión de Cristo. Entra por los ojos del espectador, un espectador que inconscientemente siente ese dolor con el padre y se compadece de él. Recursos desde una luna llena de la noche de la pasión, unas monedas lanzadas al suelo como le lanzaron a Judas -aunque esta vez eran 300 y no 30-, un gesto de amistad para vender al maestro y una entrada en Nagasaki sobre un burro, apedreado y escupido. “¿Tiene sentido tanto sufrimiento para defender a Dios? ¿Qué espera Él de nosotros?” son las preguntas que se plantea el padre Rodríguez a lo largo de su calvario. Preguntas que muchos de nosotros deberíamos plantearnos.

Sin embargo, Scorsese nos recuerda que el ser humano no es perfecto. El director muestra una historia triste que muy probablemente ha sucedido en la historia de la Iglesia, pero nos reconforta con la imagen de un personaje que día tras día peca y pide perdón. Lo que al principio nos parece un miserable acaba siendo para nosotros una imagen de la propia flaqueza. ¿Sabrá realmente lo que significa confesarse? ¿Se arrepentirá de verdad? Como espectador uno no deja de juzgar cada suceso, deseamos que el padre Rodríguez no estampe su pie contra esa imagen de Su Señor. ¿O sí? ¿Dará eso final feliz a los mártires? Pero al final, ¿quién puede juzgar el corazón de las personas? ¿Quién somos nosotros? Y, ¿qué habríamos hecho en su lugar? Se trata de una película que hace reflexionar. Y además, dejando de lado el S.XVII en el que seguramente ocurrió algo parecido, un personaje menciona en un momento “¿por qué habré nacido en esta época?” aludiendo a las dificultades que tendrían los cristianos en aquél entonces. Pero, ¿sucedía solo para aquél entonces? Hoy día estos martirios siguen produciéndose, día tras día, muriendo por su fe. Y es por eso que es dura la narración, incluso se oía algún que otro llanto, de dolor, porque esa ficción es hoy día realidad. En Oriente Medio, entre tantos refugiados, y entre otras tantas otras religiones.

Una vez más se nos recuerda que la Iglesia está formada por seres humanos, imperfectos, y que la debilidad es algo con lo que nacemos y morimos. A pesar de que eso no justifique nada, interpreté -libremente- que el mensaje del director era que Dios nos quiere así, con nuestra insignificancia. Los planos entre rejas que reflejan la impotencia del padre ante los martirios de los fieles cristianos nos produce un fuerte dolor, les intentar convencer de que con simple gesto podría evitar todo aquello. La arrogancia, las dudas, todo queda exteriorizado: el inicio de la película con grandes planos que abarcan el mundo, anchos, pero que poco a poco se van cerrando, empequeñeciendo -como el alma del padre Rodríguez- y la película acaba en un plano detalle que desvela un final… inesperado.

El diálogo, la magnífica interpretación de Liam Neeson y Andrew Garfield: una conversación que muchos podríamos mantener hoy día. Con una sola mirada sabemos lo que se quieren decir y sospechamos lo que sucederá. La incertidumbre de la debilidad.

Desde luego, es una película que recomiendo por todo lo alto, pero aquellos que esperen ver una predicación católica y el triunfo de una religión saldrán muy pero que muy decepcionados.

María BC

 

 

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