No hay Arte, hay artistas

Así empieza el famoso libro de E.H. Gombrich, “La Historia del Arte”, aunque para ser consecuente con su exposición quizá debió titularlo “La Historia de los Artistas” o “La Historia de los que la mayoría consideramos Artistas”. Es una cuestión de lenguaje como cualquier otra que nos pueda plantear la filosofía posmoderna. La obra de Gombrich constituye en sí misma una afirmación de la existencia del Arte, de lo contrario no la habría escrito y en su lugar habría redactado cientos, miles, de biografías de hombres que una vez hicieron un dibujo, compusieron una sonata o grabaron cinco minutos de cinta. Entre otras cosas, Gombrich, fiel a sus ideas, no describe qué convierte a un hombre en artista: ¿acaso nace uno artista y todo lo que hace tiene una naturaleza distinta por ese hecho?, ¿o es el arte que realiza lo que convierte a un hombre cualquiera en un artista?, es decir ¿qué fue antes, el huevo o la gallina? A mí me parece que su afirmación no se sostiene y hay, desde mi punto de vista dos cosas claras: que hay Arte y que Gombrich -él mismo lo afirma- no fue un artista. Puede que responda a una cuestión de fe, pero tampoco diría no hay Bien, hay hombres buenos.

No olvidemos en este punto la fuerte influencia que Gombrich recibe de Karl Popper y su concepto de “ensayo y error”, la “falsación”. Para Gombrich, igual que para Popper no cabe un conocimiento definitivo sobre nada y la continua contrastación es lo que justifica el avance de la Historia del Arte. Supongo que la firme creencia en este continuo aumento del “conocimiento conjetural” popperiano es lo que le lleva a afirmar que “no hay Arte”, ya que según Popper nada es susceptible de definición. Tampoco hay que dejar de lado que esta idea de Popper tiene su origen en un estudio del conocimiento científico y Gombrich nos habla de Arte.

Por otro lado, lo que académicamente se ha entendido como “Historia del Arte” versa sólo sobre las artes del espacio: Pintura, Escultura y Arquitectura. Tal vez Gombrich no pensó al escribir esto en el resto de las artes, en las artes del tiempo, aquellas que requieren una permanente actualización por parte de intérpretes y espectadores. Aquellas en las que el artista es algo intercambiable. Porque no es la condición del hombre lo que convierte un objeto en arte, ese camino nos llevaría al dadaísmo, al sinsentido. La obra de arte tiene por objeto la trascendencia, llevar al hombre o hacerle ver que a pesar de que la vida es injusta, dolorosa, está llena de sentido, de Dios si uno quiere.

Toda esta aparatosa reflexión me vino inspirada por una película que vi recientemente, si no, a cuenta de qué escribirlo en PuwabaFilms. La película es “The Walk”, del genial R. Zemeckis. Nos habla de un hombre con un sueño a todas luces estúpido, suicida dirían muchos, un loco. Yo no sé qué propósito real tendría Philippe Petit con ese equilibrismo mortal pero en la película se nos presenta a un artista, empeñado por encima de todo en hacer real su proyección, su obra maestra, fugaz pero inmortal.

¿Qué mueve a un hombre a tender un cable entre los edificios más altos del mundo y cruzar de una torre jugándose la vida? La locura, ¿verdad? ¿Quién en su sano juicio haría semejante cosa?Philippe Petit

“Why?” That is the question people ask me most. Pourquoi? Why? For what? Why do you walk on the wire? Why do you tempt fate? Why do you risk death. But, I don’t think of it this way. I never even say this word, death. La mort. Yes of okay, I said it once, or maybe three times, just now… But watch, I *will* not say it again. Instead, I use the opposite word. Life. For me, to walk on the wire, this is life. C’est la vie.

Cuando escuché esta respuesta de boca del protagonista en la película he de reconocer que me decepcionó un poco. Pensé qué respuesta más pobre, el guionista pudo haberlo relacionado con algo muy elevado, incomprensible, misterioso, esta respuesta parece simplemente la de un loco que busca emociones fuertes. Pero no. ¿Qué tenemos aquí sino la vida? El tiempo que se nos ha regalado y que tenemos el deber de administrar. Philippe Petit, al menos el que vemos en la película, decide soñar por encima de sus posibilidades, decide hacer una locura, de algún modo se rebela contra la muerte, a eso responden sus palabras. Tuve un profesor en la Universidad que a menudo insistía en los tres grande móviles del arte y, sobre todo, el relato: vida, amor y muerte. La razón profunda, invisible, que se descubre en la “obra” de Petit es esa rebelión contra la muerte, contra lo inevitable, esa afirmación de la vida. Contra todos aquellos que cada día se lamentan de lo frágil y breve de la vida, Petit se sube a un cable suspendido a 415 metros y durante unos minutos es inmortal ante la atónita mirada de los neoyorquinos, la afirmación de la vida prevalece sobre la muerte. Esta es mi conclusión, esto es lo que convierte en artista a Petit, el sentido profundo de la locura que se atrevió a cometer tal y como yo lo veo.

Al margen de estas consideraciones, creo que “The Walk” es otra gran película que nos regala Zemeckis. La recomiendo, es una película que además compensa ver bajo este prisma; no como una película para sufrir vértigo y resoplar ante la locura -que también- sino como una historia de arte y de artistas.

pqp.-

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