Hesse y Kubrick; la gloria de los senderos

Badem-Wurtemberg, 2 de julio de 1877. Nueva York, 26 de julio de 1928. Estas son las fechas y lugares de nacimiento de dos grandes autores, Hermann Hesse y Stanley Kubrick, respectivamente. Hesse murió en el 62 y Kubrick en el 99. No tienen aparentemente nada que ver el uno con el otro y sin embargo aquí se han encontrado, juntos en el mismo artículo de un blog. El motivo de su encuentro aquí es que no hace mucho leí “Demian” (1919) de Hesse y muy poco después vi “Senderos de gloria” (1957) de Kubrick. Se me ocurrió que tenían mucho en común como obras narrativas. Una me pareció continuación de la otra, donde acaba “Demian” empieza “Senderos de gloria”.

kubrick

En “Demian” se nos presenta la infancia, adolescencia y “madurez” del joven Sinclair, que va teniendo diversos encuentros, muy separados en el tiempo, con su amigo y guía (apenas unos años mayor que él) Demian. Éste le ofrece siendo aún ambos niños una “reinterpretación” del relato bíblico de Caín que hace que el pobre Sinclair se devane los sesos toda su vida sin llegar a ninguna conclusión. Durante su accidentado camino intelectual hacia la nada Sinclair pasa por muchas etapas, en la mayoría de las cuales se siente superior a los demás por andar solitario y cabizbajo (más o menos); descubre deidades antiguas, gente que cree en deidades antiguas, ritos antiguos, gente que cree en ritos antiguos…, tiene sueños proféticos y hasta se enamora. En fin, todo este enredo de enfrentamientos entre razón e instinto, bien y mal, para caer en la misma ambigüedad moral de siempre. Me decepcionó un poco.

Aún así el personaje principal destaca por su convicción de que su destino es conocerse siendo fiel a sí mismo; llegando a ser quien es, como dijo Píndaro. La idea es de la Antiguedad, pero está trasladada a la época con bastante acierto, es un libro empapado de postmodernidad, en realidad el joven Sinclair tiene un planteamiento de autoconocimiento meramente existencial, hay un espejismo de trascendencia que se acaba descubriendo como pura materia. Él tiene la señal de Caín, ¿por qué?, porque sí, y eso le hace distinto, mejor, ¿pero, por qué?, porque sí. Es ficción, por supuesto, pero este planteamiento no era extraño a principios del siglo XX. Estos personajes de Hesse persiguen y quizá alcanzan una forma de autenticidad idealista. Lo verdaderamente auténtico no es ideal.

Por otro lado tenemos la magnífica obra de Kubrick, basada en la novela de Humphrey Cobb. La película nos sitúa en la Gran Guerra, donde los soldados son sacrificados en el campo a cambio de la reputación de unos oficiales que se dedican a dar fiestas y a negociar con las vidas de los hombres bajo su mando. En medio de todo esto está el coronel Dax -magníficamente interpretado por Kirk Douglas-, soldado en el campo y al mismo tiempo oficial, que observa con desagrado y frustración a sus podridos superiores. Tres hombres son elegidos al azar para ser ejecutados como escarmiento; Dax hará todo lo posible por salvar a sus hombres de unos superiores a los que lo mismo les da matar a 8 que a 80. Es de destacar el momento musical al final de la película; cómo todos los soldados franceses exaltados ante la presencia de una mujer alemana se vuelven completamente mansos cuando esta empieza a cantar “Der treue Husar”, la historia de un húsar que ha de volver a casa desde tierra extranjera porque su amada cae enferma y muere; todos se unen a su canto participando de ese sentimiento común, unidos por la música.

Creo que ambas obras plantean un problema que llevamos arrastrando en occidente desde aproximadamente 1324, desde Guillermo de Ockham. La época inmediatamente anterior a la Gran Guerra es una época de verdadero optimismo (Hesse la vivió) respecto a la capacidad del propio hombre de ir más allá, de dominar todo cuanto existe con la ciencia y el progreso; una época de no tener miedo a nada: el hombre y la ciencia son omnipotentes. Este sinsentido acabó provocando el mayor conflicto bélico y el más salvaje hasta el momento. La ciencia que tanto bien podía hacer al hombre se utilizó para la guerra y la muerte. Y en esas seguimos después de dos guerras mundiales. El hombre y su razón separados de la trascendencia, de su naturaleza esencialmente espiritual carecen de sentido.

Emil Sinclair busca sentido sin cesar en un mundo que lo pierde progresivamente, pero lo busca equivocado; acaba encontrando algo pero es una pura idea que se consume en sí misma. Dax como soldado es consciente de la profundidad del problema al que se enfrentan en esa guerra. Cada un de sus hombres es para él un tesoro, un alma, una conciencia, una persona que merece vivir, que merece justicia, que tiene una historia (hecha y por hacer) y seres queridos que le esperan. Para los oficiales, en cambio, no son más que “efectivos”, uno, dos o veinte menos les traen sin cuidado mientras puedan darse la buena vida; para ellos no tienen ningún valor. No quieren ver su innegable ser personal y por tanto no les importa acabar con ellos por puro egoísmo y sin piedad.

Os recomiendo ambas obras y espero que os haya gustado la entrada.

Pablo Quiñonero Pertusa.-

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