El cielo sobre Berlín. Querer ser humano

El viernes pasado comenzamos los Ciclos de cine. Puwaba con Wim Wenders. La película que vimos (gracias por venir) fue El cielo sobre Berlín. Para casi todos fue la primera vez que se acercaban a este director alemán. Wim Wenders es un humanista y un artista que plaga sus películas de experiencias personales y de homenajes.

La idea es que acabemos cada proyección con una entrada que analice una escena. Atención que no me he evitado spoilers. El propósito es comentar una escena con la gente que ya ha visto la película. En este caso he escogido un fragmento en el que el ángel Casiel cae desde lo alto de una estatua y su mirada alocada contempla una noche falta de esperanzas. A continuación, Marion la trapecista, se prepara en su tocador para su última actuación en el circo Alekan. Damiel la contempla a través del espejo.

Escenas antes a la que os he dejado, Casiel ve la miseria de este mundo. La luz de esperanza reflejada en el personaje interpretado por Curt Bois, el narrador del tiempo, parece que se rompe en la oscuridad . Su paso se hace ya torpe. Wenders lo refleja además de en la librería en otra en la que Casiel intenta orientarle en las inmediaciones del muro. También Casiel acompaña a un joven suicida sin poder evitar su muerte. Su misión como consolador parece estar en un tris de romperse. Por eso salta desde lo alto y atraviesa la ciudad en la noche: Berlín duerme, pero a la vez no descansa. ¿Podría ser tan pesado para Casiel el recuerdo de la guerra?

Mientras que Casiel desea servir de consuelo a la humanidad, Damiel se ve tentado por los sanos placeres de este mundo. Un mundo que con sus miserias es extremadamente bello. Se enamora de la trapecista Marion. Como dijo Wenders, un ángel tenía que enamorarse de alguien que pudiera “volar”. Además, la atmósfera del circo es como una isla alegre y fantasiosa en medio de la realidad. Una isla que se tambalea por la fata de dinero. También Marion está sumida en una crisis. Siente miedo a la inestabilidad (paradógicamente) de su vida. Solo se libra de este desasosiego con la presencia de Damiel.

Esta escena está grabada con una especial belleza. Damiel, como ángel que es, se asoma a los pensamientos de Marion (habla en francés, el idioma de las luces) a través de un espejo en su caravana perfectamente iluminada. Sus ojos se adaptan a la oscuridad para atravesar el espejo. Con este juego se hace posible que parezca que sus miradas se encuentran. ¿Marion se está mirando en el espejo o en el rostro de Damiel? El camerino está perfectamente iluminado con una rica gama de grises. La labor del director de fotografía de Henri Alekan (el circo lleva su nombre en honor a su trabajo de iluminación) es imprescindible. Si Marion confía sus pensamientos a Damiel, para él resultan la confirmación para continuar en su atrevimiento de saltar de su mundo al nuestro. A esta escena la siguen la intervención de Marion sobre el trapecio (Marion está interpretada por la mujer de Wenders e hizo todas las escenas) y la noche de fiesta en la que Damiel casi baila con ella.

Álvaro

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