Volver. Aires manchegos

Pocos como Almodóvar o Woody Allen pueden presumir de entender a las mujeres y que ellas mismas le reconozcan el mérito. Estando como está en cartelera Blue Jasmine de Allen, me ha parecido una buena ocasión para presentar en Puwaba a Pedro Almodóvar. En el 2006 estrenó Volver, un drama lleno de color. Penélope Cruz llena la pantalla en cada plano dando vida a una mujer que se ha hecho a sí misma. Raimunda emigró a Vallecas con su novio para dejar su pasado en el pueblo donde creció. Vive con su hija Pula sobreviviendo para tener pan para hoy. Con su hermana Sole regresa al pueblo para acompañar los últimos días de vida de su tía Paula que al parecer ve al fantasma de la madre de Raimunda.

La película habla de muertos que van y vienen y de secretos de mujer. Las mujeres de Volver son fuertes, amigas, enemigas, compañeras, traidoras, luchadoras, madres e hijas. No me gusta aplicar la escuadra y el cartabón en las películas y decir si son una crítica social, un retrato o qué. Las películas de Almodovar son de su propio universo, pero no quita que mucho de sus personajes parezcan sacados de las calles de Vallecas o de Ciudad Real. Yo soy madrileño y mi madre es manchega (nacida en Cáceres pero criada a medio camino entre Ciudad Real y Madrid), así que hablo desde el conocimiento. Imaginaros mi sorpresa cuando en los títulos iniciales de la primera escena veo el cementerio de Granátula de Calatrava. Ahí mismo, delante de mis ojos, convirtiéndose en la imagen de la película. Un cementerio asolado por un fuerte viento de solana que a la vez que disipa los recuerdos los vuelve a traer acompañados de locura para escarmentar a los mortales. Almodóvar juega a ello y lo hace de maravilla.

Asesinatos, fantasmas, misterios, secretos, mujeres que pierden la cabeza. Todo cabe y nada se hace extraño. Milimétricamente se va sirviendo este cóctel de emociones y de verborrea, pues si algo hacen las mujeres (de Álmodovar) es hablar y gritar: sin pelos en la lengua. Peluquerías ilegales, bares que se abren de noche, frigoríficos que bajan escaleras, programas de salsa rosa, prostitutas amigas, madres e hijas. Madres e hijas que se reconcilian. Por encima de la chavacanería, de las rencillas, de las malas maneras y de lo cutre se esconde el perdón y el esfuerzo titánico de entenderse y reconciliarse. Es por ello que cada fotograma está lleno de colores fuertes y chillones como si intentasen reclamar su presencia y gritar -fotografía a cargo del habitual de Almodóvar José Luis Alcaine– los dolores de los personajes que habitan. Los ojos negros y profundos de Raimunda se inundan de lágrimas en muchas ocasiones pero disimula sus sentimientos con un gesto manejante, calla y sufre sola, y no se lo cuenta a nadie. Solo a esta mirada profunda se le cae el alma a los pies en un cruce imposible de miradas con su madre. ¡Pero esto es cine! Un plano-contraplano funciona aunque la distancia que separe a las personas sea inabarcable. El amor de una madre por su hija solo puede expresarse así, como lo hace Almodóvar, en medio de la canción que da título a la película. Pedro Almodóvar hace elegante a una cualquiera: aquí está el mérito de la película. En mucho se parecen el personaje de Raimunda a Erin Brokovich. Hay en Volver pasión de oficio con un equipo de altura.

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